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SEPTIEMBRE



TENDENCIAS

Aumentan los hombres que quieren cuidar a los hijos y las madres que quieren trabajar
De acuerdo a un estudio alemán las mujeres quieren mayores facilidades para trabajar y los hombres estarían felices de quedarse en la casa con sus hijos.
El reparto tradicional de papeles en la familia parece condenado a la extinción en Alemania, ya que cada vez son más los hombres que desearían llevar la casa y tener más tiempo para atender a los hijos y más las madres que ansían trabajar.

Así lo demuestra un estudio presentado por el instituto de demoscopia Allensbach, por encargo de la ministra de la Familia, la cristianodemócrata Úrsula von der Leyen.

De acuerdo con su análisis, un 65% de los hombres en edad laboral se quedarían "muy a gusto" en casa, atendiendo a sus hijos.

Un 89% de los hombres encuestados laboralmente activos considera la familia como "lo más importante" de su existencia.

A la inversa, un 64% de las mujeres consideran que no está suficientemente bien resuelta la compatibilidad entre la vida familiar y la laboral y aspiran a disponer de más facilidades para desarrollar una actividad profesional.

Las mujeres encuestadas aspiran, entre otras cosas, a la extensión en Alemania de la red de escuelas donde los hijos pueden permanecer hasta entrada la tarde actualmente, las clases terminan al mediodía en la mayoría de los colegios.

Un 74% de las mujeres consideran que la vida laboral y la familia serían compatibles, si hubiera garantía de conseguir una sala cuna, mientras que un 65%aspira a que se implante el modelo de escuela para todo el día.

"Las mujeres, incluso las que tienen hijos pequeños, quieren trabajar. Y los hombres quieren pasar más tiempo con sus hijos", resumió Von der Leyen.

"Alemania iba camino a convertirse en un país sin hijos. Esta tendencia ya pasó", añadió la ministra.

Desde que asumió su ministerio, en 2005, la ministra ha impulsado conceptos destinados a mejorar la red de salas cuna de Alemania y ampliar la oferta de escuelas donde se impartan clases hasta entrada la tarde, consciente de que la actual práctica respalda poco a la mujer que quiere trabajar.



Martes 16 de septiembre de 2008
 
La Nación 
 
Cámara aprobó nuevo delito de femicidio
La figura penal castiga el asesinato de la cónyuge, conviviente o madre de un hijo del agresor, con la pena de presidio perpetuo calificado: de 15 a 40 años de cárcel.
Por 98 votos, la Cámara aprobó el proyecto, originado en dos mociones refundidas, que modifica el Código Penal y el decreto ley N 321, de 1925, para sancionar el femicidio, aumentar las penas aplicables a este delito y modificar normas sobre parricidio.

La iniciativa exime de responsabilidad criminal a quien obre violentado por una fuerza irresistible, impulsado por un miedo insuperable o bajo la amenaza de un mal grave e inminente.

Asimismo, se establece como uno de los componentes de la violación el uso de la violencia o intimidación.

En los delitos de violación o estupro, se establece como circunstancias agravantes que sean dos o más los autores del delito y que se ejecuten con desprecio a la presencia de personas menores de edad.

Además, en los casos de violación y estupro, si el condenado es una de las personas llamadas por la ley a dar su autorización para que el menor pueda salir del país, se prescindirá de ella.

El texto dispone que quien, conociendo las relaciones que los ligan, mate a su padre, madre o hijo, a cualquier otro de sus ascendientes o descendientes, será castigado como autor de parricidio, con la pena de presidio mayor en su grado máximo a presidio perpetuo calificado (15 a 40 años).

La misma pena se aplicará a quien, conociendo las relaciones que los ligan, mate a la persona de la que es o ha sido cónyuge o conviviente o con la que tiene un hijo en común. Esto podrá no ser aplicado respecto de quienes han cesado efectivamente su vida en común con, a lo menos, tres años de anterioridad a la ejecución del delito, salvo que existan hijos comunes.

Si la víctima de este delito es una mujer, el responsable será castigado como autor de femicidio.

También se dispone que no estarán exentos de responsabilidad criminal quienes realicen un delito que tenga por objeto afectar, destruir o inutilizar, maliciosamente, bienes de una persona con la que exista un vínculo matrimonial.




Hombres y crianza compartida: Los 4 desafíos pendientes

El Mercurio
En Estados Unidos ya es una tendencia, pero en Chile todavía es una necesidad que los padres se involucren más en la crianza.

Por MAGDALENA ANDRADE N.

Quieren ser buenos padres, pero a la hora de preguntarles qué tareas asumen en la crianza, una proporción importante los hombres reconoce que no realiza ninguna labor. Y si tuvieran la posibilidad de tomar un posnatal parecido al de las mujeres, una gran mayoría lo aceptaría, pero a la hora de enumerar qué labores estarían dispuestos a desarrollar con su hijo menor de dos años, confiesan que no podrían darle sus comidas, ni prepararle su leche, ni a llevarlo al pediatra, ni a levantarse de noche cuando él llore.

Así se muestran los padres chilenos a partir de la encuesta de opinión "Los hombres y la crianza compartida", desarrollado por la consultora Direct Media en exclusiva para Revista Ya. La idea era recoger una muestra sobre cómo ellos percibían la opción –por estos días ya una necesidad– de involucrarse activamente en el cuidado y desarrollo de sus hijos. Un tema que en Chile, a partir de la creciente incorporación de la mujer al trabajo, está comenzando a incorporarse en el debate, pero que en países como Estados Unidos ya es una tendencia: ha llegado al punto de la creación de institutos especializados para enseñar a hombres y mujeres cómo repartirse los roles domésticos y de crianza de sus hijos.

En Chile, los resultados de este estudio resultaron reveladores. En respuestas a preguntas como ¿cuál es la repartición de los roles de crianza con su pareja?, ¿cuáles medidas le parecen mejor para fomentar la conciliación trabajo–familia? o ¿qué rol masculino, a su juicio, es más valioso?, los encuestados se demuestran sensibles al tema de la paternidad y reconocen la importancia de repartir en forma equitativa la crianza con sus parejas; lo necesario que es compartir tiempo con los niños y ser figuras presentes. Pero todavía están lejos de asumir compromisos mayores dentro de la rutina de sus hijos, labores que terminan cayendo, casi siempre, sobre los hombros femeninos.

No sólo este estudio muestra la dualidad entre lo que los hombres desean y lo que finalmente asumen. Según el sicólogo y director de EME–Masculinidades y Equidad de Género, Francisco Aguayo, estudios realizados en Europa también muestran a hombres más abiertos a los temas de paternidad –compartir con sus hijos, sacarlos a pasear, ayudarles a hacer las tareas– que a los asuntos más domésticos; en Chile, pasa lo mismo cuando se revisan estudios sobre uso del tiempo. Y es que el discurso aquí, afirma, ha avanzado mucho en términos de reconocer la importancia de la paternidad, pero muy poco en la práctica.

El concepto de crianza compartida como criterio de igualdad es algo que aún está lejos de insertarse en el modelo familiar chileno. En parte, porque aquí aún no está afianzado el concepto de que hombres y mujeres pueden están igualmente capacitados para cuidar a sus hijos. "Pero existen estudios de crianza compartida incluso durante el período de lactancia", asegura el sicólogo Felipe Lecannelier, director del Centro de Estudios Evolutivos e Intervención en el Niño de la Universidad del Desarrollo. "No hay nada que un papá no pueda hacer en la crianza de sus hijos, y a su vez, no hay disposiciones biológicas del niño para necesitar más a su mamá o a su papá. Pero llevar este término a la práctica es difícil, porque dependen de la motivación y disposición de los hombres, y porque históricamente se entiende que hay cosas que la madre debe hacer, y no el padre", define.

La socióloga Paula Barros, directora de la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales, no cree que este concepto tenga tanto que ver con que hombres y mujeres realicen lo mismo, sino más con que ellos sean capaces de involucrarse afectivamente en la familia. "Esto, ¿en qué se traduce?: en que desarrolle su lado más femenino. Y eso no tiene que ver con que cocine o planche las camisas para el colegio, sino en que escuche a sus hijos, esté pendiente de lo que hacen".

Los chilenos ya no están siendo padres de la misma forma en que lo fueron hace 50 años, dice Felipe Lecannelier. Pero todavía hay una gran brecha que superar.

Primer desafío:

Redefinir lo que significa ser "un buen padre"

Hoy, ningún padre chileno está ajeno al imperativo social de ser un buen padre. Hace 30 o 40 años, no había ningún problema si no llevaba a los hijos al pediatra o los mudaba, pero de los padres jóvenes se espera que compartan muchos roles con sus parejas. Y así lo asumen los padres participantes en el estudio: un 73,8% de los encuestados asegura que el rol más valioso del género masculino es ser un buen padre, versus el 17,54% que considera que lo más importante es ser proveedor del núcleo familiar, y un 8,77% que cree que es ser exitoso en el ámbito laboral. Y entre los hombres entre 25 y 45 años, la importancia de ser un buen padre aumenta: a un 79,49%.

Pero, ¿qué entienden ellos por ser un buen padre? Probablemente, muchos todavía entiendan que ser buenos padres significa preservar la seguridad, la salud y educación de sus hijos –dice el sicólogo Felipe Aguayo– a pesar de que también quieren ser con sus hijos distintos a como sus propios padres fueron con ellos. Ser más cercanos y más presentes en su crianza también es importante, pero parece estar relegado a un plano más secundario. Por eso, a la hora de responder la pregunta ¿qué labores relacionadas con la crianza realiza con sus hijos normalmente?, un 39,19% de los padres confiesa no realizar ninguna labor, mientras que un 16,22% reconoce "jugar con ellos", un 13,5% "asumir labores relacionadas con su alimentación" y un 12,6% "ayudarlos con sus estudios y tareas".

Esta alta cifra de hombres que no asume ninguna tarea demuestra todavía que los padres no están todo el tiempo que deberían con sus hijos, observa Felipe Lecannelier. "Hay hombres que se sienten buenos padres, porque hacen con sus hijos cosas funcionales. Dicen: yo lo llevo a fútbol todos los martes en la tarde. Pero la crianza no está definida en cuanto a eso. La interacción bidireccional, cara a cara, de un padre con su hijo durante la semana no pasa más allá de los 7 u 8 minutos por vez, versus la misma interacción del niño con su madre, que toma de 14 a 15 minutos. La actividad interactiva es muy escasa", confirma. Y cuando lo hacen, es principalmente para jugar, "que es como tratan de compensar con los niños esta tensión que sienten entre que les vaya bien en el trabajo y que también puedan participar de la casa. Dicen: Yo haría todo si tuviera más tiempo... Pero cuando lo tienen, se acercan de una forma más lúdica y menos doméstica", añade la socióloga Paula Barros.

Los hombres han demostrado, también, no ser amigos de las labores de crianza vinculadas con ámbitos más domésticos. Ante la pregunta: ¿Qué labores de la crianza no estaría dispuesto a asumir permanentemente con su hijo en edad escolar?, el 21,62% elige "llevarlo y/o al colegio", mientras que un 18,92% dice "ayudarle a hacer las tareas" y un 13,51% "prepararle su desayuno y colación". Sin embargo, no estar presente en estas etapas se ha demostrado que significa una carencia para los niños. "Estudios realizados en Europa y Estados Unidos muestran que, cuando los hombres participan de estas actividades, mejoran ciertos indicadores sociales de los hijos, como su rendimiento académico, salud física y mental, como también la satisfacción de las madres. Y mientras más temprano se involucren, mejor será la salud mental de esos hijos".

Segundo desafío:

Revalorar la importancia del hombre en la crianza temprana

"Mudar, dar leche, comida y levantarse en la noche son las funciones de la crianza que fomentan el apego", describe el sicólogo Felipe Lecannelier. Y eso es un problema, dice, ya que todos los estudios actuales apuntan a que la función que toma el padre es jugar, y el de la madre, mudar y dar papa. Las madres contienen el estrés, y los padres, cumplen la función lúdica. "Eso no es bueno, ya que el vínculo padre–hijo se forma en estas primeras instancias y no necesariamente a través del juego, sino a través de aprender a manejar el estrés de los niños", explica.

Al perderse ese espacio, también están perdiendo valiosos momentos para construir su futura relación padre–hijo. "Ante los que tienen miedo de mudar o alimentar, es importante que sepan que un padre también puede ser una excelente madre. Y que dos padres sean buenos aumenta la posibilidad de desarrollo que tener a sólo uno de los dos en esta tarea. Hay muchos hombres que dicen: '¿qué tanto importa? A mí, mi papá no me hizo nada de eso cuando era chico, y ahora mírame, soy un profesional'. Pero cuando ese mismo hombre va a la consulta de un sicólogo o siquiatra se da cuenta de que está lleno de rollos, de inseguridades. Se sabe poco, pero el padre puede ejercer la misma función de la madre, y puede ejercer los mismos efectos, tanto negativos como positivos", dice Felipe Lecannelier.

Tercer desafío:

Que las mujeres abran las puertas de la crianza

Cuando se les pregunta a los hombres por qué no pueden –o no se interesan– en ocupar ciertos roles de la crianza, muchos de ellos contestan que no pueden luchar contra una historia que, por décadas, les ha dicho que ellos no pueden cumplir ese rol. Hoy la mujer no puede hacerlo todo sola. Sin embargo, hay muchas de ellas que coartan el camino de los hombres en la crianza y optan por cerrarles las puertas. Así lo demuestran las respuestas de los hombres cuando se les pregunta cuáles son los obstáculos de la crianza compartida: un 40% de los entrevistados considera que el mejor modelo de crianza hasta ahora es el tradicional, donde la mujer se lleva el peso de las tareas domésticas. Y un 16% de ellos –cifra que sube a un 33% si se analiza el segmento de hombres entre los 45 y 65 años– elige la opción: "cada vez que me involucro, mi pareja se queja de que lo hago mal".

Para las mujeres, sostiene la socióloga Paula Barros, es difícil darles un espacio a sus maridos. Porque se sienten responsables de todo lo que pasa alrededor de sus hijos. Porque delegar, también, les deja la sensación de culpa de no estar presente. Muchas no están dispuestas a soltar, "no quieren que el marido lleve al niño al pediatra porque entonces ellas se pierden ese evento. Las mujeres no pueden sólo pedirle al hombre que entre a la casa; también tienen que dejarlo entrar", dice.

Pero que las mujeres no le abran con facilidad la puerta a los hombres no significa que ellos deban desincentivarse. "Si un padre quiere tomar parte en la crianza de su hijo, debería hacerlo aún cuando le pongan trabas. Porque esos conflictos de poder pueden provocar un tema de pareja, pero no más que eso.

Cuarto desafío:

Que los hombres acepten socialmente las políticas de conciliación

En el ámbito social, está muy bien mirado que los padres sean cariñosos y conectados con sus hijos. Pero en el ámbito laboral, ¿para qué padre es fácil decir: me voy a las 5 de la tarde, porque mi hijo está enfermo?

Francisco Aguayo apunta que en las sociedades desarrolladas, aún cuando son líderes en programas de conciliación familia/trabajo, las parejas están teniendo menos hijos en gran parte por razones laborales. "Si se ausentan determinados meses, tienen miedo de volver y que alguien les haya quitado su puesto. El desarrollo económico trae beneficios, pero también estos problemas".

Por eso, cuando observan que en la encuesta de Direct Media el 83,3% de los hombres contesta que sí ante la pregunta: "Si se aprobara una norma que le permitiera también a usted acceder a un período de posnatal, con sueldo proporcional, lo tomaría para acompañar a su mujer y a su hijo?, toman este resultado con distancia. Primero, porque creen que sería difícil que un hombre aceptara recibir un sueldo menor, y también porque muchos todavía sienten que al aceptar esta medida están poniendo en peligro su trabajo.

No es que no lo quieran: muchos de ellos hablan del anhelo de tener una jornada de trabajo más reducida durante los primeros meses de vida de su hijo, pero eso es difícil si dentro de su mismo círculo –y de ellos mismos– no es socialmente aceptado. Lo mismo pasa con la flexibilidad horaria: un 48,39% de los hombres considera que sería la medida más beneficiosa para lograr la conciliación familia–trabajo, "pero todavía en varios hombres está arraigado el pensamiento de que mientras más horas pasen dentro del trabajo, serán considerados mejores empleados. De hecho, habría que preguntarles a muchos de ellos a qué hora salen y a qué hora llegan a la casa", ilustra la socióloga Paula Barros.

El desafío, dicen los especialistas, va por dos caminos. El primero, define Francisco Aguayo, es fomentar que el mundo laboral entienda que la crianza compartida es un proyecto social, y que como tal, deben dárseles facilidades a hombres y mujeres para que cumplan de mejor forma su rol como padres. El segundo, dice Felipe Lecannelier, es lograr que ellos –así como lo hacen las mujeres– "se pregunten cuánto están dispuestos a invertir en la crianza de sus hijos, y cuánto, a posponer sus propias aspiraciones profesionales por acompañarlos".



Por Jean Maninat, director regional de la OIT para las Américas 
DEBATE DE GÉNERO
 
Mujeres y trabajo: la desigualdad es persistente
Si bien las mujeres comparten cada vez más el papel de proveedoras, los hombres no asumen la redistribución de tareas domésticas, lo que implica una sobrecarga y contribuye a generar tensiones entre la vida laboral y la familiar.
La participación de las mujeres en los mercados laborales de América Latina aumentó en forma significativa en las últimas dos décadas, pero no podemos ser complacientes: aún hay un largo camino por recorrer para eliminar las diferencias de género en el trabajo, y los desafíos del futuro son difíciles de enfrentar. La desigualdad es persistente. Basta dar una mirada a la región: la participación de las mujeres todavía es menor que la de los hombres y cada vez es más complejo aumentarla, sus salarios son inferiores, se encuentran asediadas por la informalidad, y enfrentan una carga desproporcionada de obligaciones familiares que impactan la composición del mercado laboral.

En 2008 la tasa de participación de las mujeres en los mercados laborales supera el 52%. Son 20 puntos por encima del 32% de 1990. Al mismo tiempo, se cerró la brecha con los hombres, que tenían una tasa de participación de 79% y ahora tienen una muy similar, de 77%. Es un progreso indudable hacia la igualdad de género en el trabajo, un tema que comenzó a ser tratado por la OIT desde su fundación hace 90 años. En una época en que la desigualdad estaba arraigada, abordó el tema de la maternidad en el Convenio número 3 de 1919, esencial para permitir el acceso de las mujeres al trabajo.

Desde entonces hemos sido testigos de numerosas transformaciones sociales y económicas, de cambios en la organización del trabajo, de políticas públicas novedosas, de grandes demandas y luchas, de cambios de actitud y del vértigo de la modernidad en general. Hemos avanzado mucho, pero no lo suficiente. La OIT acaba de lanzar una campaña mundial sobre la igualdad de género y trabajo decente que apunta precisamente en esta dirección: hay que abordar los desafíos pendientes. Es necesario que los actores del mundo laboral, así como la sociedad en general, continúen realizando esfuerzos para seguir derribando barreras.

Un síntoma de la persistencia de barreras de género es la diferencia salarial. Las remuneraciones recibidas por las mujeres en la región son inferiores a las de los hombres, brecha que en algunos países supera los 30 puntos porcentuales. Hace poco, la Presidenta Michelle Bachelet, planteó que "las diferencias salariales constituyen una de las caras más visibles, más desafiantes y, sin duda, más ingratas de la discriminación de género".

Las mujeres latinoamericanas también enfrentan menores oportunidades producto de una segregación que afecta sus posibilidades de ascenso, o el desempeño en posiciones de mayor responsabilidad. Si bien las mujeres comparten cada vez más el papel de proveedoras, los hombres no asumen de modo equivalente una redistribución de las tareas domésticas, lo que implica una sobrecarga importante y contribuye a generar tensiones entre la vida laboral y la familiar. Cerrar aún más la brecha de participación significa llegar hasta quienes tienen mayores dificultades para incorporarse al mundo laboral remunerado. En casi todos los países son las mujeres más pobres quienes carecen de preparación y de servicios de apoyo para su inserción. Y cuando trabajan, en general acceden a empleos informales de muy mala calidad.

Estos y otros desafíos requieren de una combinación de políticas públicas y privadas. De un marco normativo eficiente para la incorporación de las mujeres, para la igualdad en el trabajo y para conciliar la vida familiar y laboral, y un esfuerzo importante por parte de empresas, sindicatos y de los actores organizados por romper estereotipos sociales y laborales. Para los países, se trata de aprovechar una oportunidad para las economías y el desarrollo. Como generadoras de riqueza y productividad las mujeres son clave. En especial en un mundo donde las crisis energética, alimentaria y ambiental, parecen confabuladas para hacer aún más difícil la senda del progreso.




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